El caminante del mundo en la mitad del mundo

Para despedirnos de Nuria, “la peregrina que camina entre lobos”, hicimos una cenita suculenta en su preciosa casa y junto a sus compañeros de piso, Ella y Juan Guillermo. Una casa muy inquietante por cierto, donde las fuerzas del mal y del bien luchan rozándose y silenciosamente… En la cena hubo pasta de Roberta, como no, y riquísima, como no, crema de verduras de Nuria, también rica eh!, y yo deleité con un sofisticado cóctel de kalimocho bien fresquito que hizo las delicias de la concurrencia no ibérica, el brebaje malasañero hizo aflorar las hormonas de las féminas de la cena tras ponerlas piripis, cuando esto ocurre es mejor observar en distancia, como hicimos Juan Guillermo y yo.

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De izquierda a derecha: una amiga de la casa, Juan Guillermo, Roberta, Ella y Nuria.

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Después de la cena y la euforia kalimochera.

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En plena euforia kalimochera y de exhaltación de la feminidad. Casi rompen la hamaca.

Adiós Candelaria, adiós Bogotá. ¡Buen camino Nuria!…

La cena fue una perfecta despedida de Bogotá, una ciudad que nos ha gustado mucho y que sirvió de reposo tras tanto vaivén desde Centroamérica, aunque sabemos que solo hemos conocido el lado amable de la ciudad, sabemos que hay otra ciudad llena de infravivienda y pobreza que se encarama a los cerros circundantes, como en todas las capitales americanas que llevamos visitadas, son barrios que no nos atrevemos a visitar sin cicerone para no salir trasquilados, pero que son la verdadera realidad cuantitativa americana, la que mira desde los cerros la ciudad bonita y baja a visitarla ante la mirada temerosa de los blanquitos de espíritu, el miedo al pobre esta en el aire, y tod@s lo respiramos con una bocanada de nausea que nos jode el alma lentamente.

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De Bogotá salimos despacito, combatiendo la pereza de la comodidad, el objetivo era encontrar un lugar pequeño entre montañas donde seguir con la cura de tranquilidad y descanso. Tras consultarlo con Ella y Juan Guillermo decidimos que iríamos a Armenia, en el corazón del eje cafetero colombiano… Así que después de ocho horitas de buseta arribamos a Armenia, buscamos hotel, era ya de noche, y de camino atravesamos los gases lacrimógenos que lanzaba la policía contra las aficiones de un partido de futbol que había acabado muy mal, así que todavía con el picor en la garganta llegamos a un hotel, no recuerdo el nombre, le preguntamos por una habitación y nos dio un precio que superaba nuestro presupuesto, le dijimos nuestro máximo, y la recepcionista nos dijo -por ese dinero les mando aquí- señalando el cartel publicitario de un hotel que tenía a su espalda, “HOTEL EL EDÉN TROPICAL”, el cartel tenia fotos de unas idílicas habitaciones que nos hizo salivar y aflojar los músculos a la vez, -esta muy cerca de aquí, en un pueblito, en La Tebaida- nos dijo, -¡¿como se llega allí?! respondimos con las pupilas dilatadas y tras saborear el nombre del pueblo… Y allá que nos fuimos. Pero no iba a ser tan fácil llegar, porque La Tebaida esta lleno de lugares que se llaman El Edén, el conductor del autobus nos dejo en mitad de la nada frente a una urbanización llamada El Edén, de allí nos indicaron a un hotel que se llama El Edén pero que no es tropical, y finalmente unas mujeres que salían del trabajo nos acercaron en su Renault 4 al verdadero Edén, pasando antes por un aeropuerto también llamado El Edén. No es fácil encontrar el paraíso. Por cierto, el hotel de Bogotá se llamaba El Dorado, todo encaja.

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Buscábamos un lugar excepcional y acabamos en un lugar cualquiera, en La Tebaida, eso si, un lugar real, la Colombia real, y nos gusto. Además las fotos no nos engañaron, el hotelillo donde recalamos estaba muy bien, tenía una ducha con un potente chorro de agua caliente, y había tele por cable y todo. En La Tebaida completamos la cura de relax y fue un excelente punto desde donde visitar la zona. La Tebaida no tiene nada monumental, todo fue arrasado por el terremoto de 1999, tras aquello las casas son de un piso y las iglesias auténticos bunkers con torres menudas. Durante los días que pasamos en La Tebaida visitamos Armenia, a donde íbamos de paseo y a comer helados de salpicón (tutifruti), y Salento, un precioso pueblo entre montañas, era lo que más se parecía a lo que buscábamos en un principio, pero es de mentirijillas, preferimos nuestro auténtico Edén de Tebaida. Y también visitamos un bonito jardín botánico con un mariposario que nos encanto, también tenía un observatorio de aves y un robotario-insectario. Ah! durante esos días me dio un ataque fuerte de rinitis que me dejo abatido, y también comprobé definitivamente la inbatibilidad de Roberta jugando al chinchón, he creado un monstruo.

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Salento.

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Más Salento. Foto-Roberta

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En el mariposario. Mariposas buho. Foto-Roberta

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Foto-Roberta

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Y del Edén Tropical de Tebaida nos fuimos a Popayán, “la ciudad blanca de Colombia”, era una perfecta escala camino de la frontera ecuatoriana, y un bonito pueblo donde celebramos el cumpleaños de Roberta, sí sí, la Roberta cumplía años el 7 de agosto, así que a parte de disfrutar de los paseos por la blanca ciudad de Popayán hubo tiempo para soplar las velas…

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El pastel estaba incomible, en teoría era una tarta de frutas pero en el paladar era un cartón intragable, le dimos dos cucharazos y visto el gusto decidimos pedirle un recipiente a la camarera para llevarnos la tarta a casa, no llego a casa. La hemos otorgado el titulo de “peor comida de todo el viaje”. Que se le va a hacer, eso si, nos reímos un rato y Roberta pudo pedir su deseo.

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La cumpleañera posando para la ocasión.

Y de Popayán a la frontera ecuatoriana tras muchas horas de autobús. Cruzamos la frontera y decidimos dormir en Tulcán ya que si continuábamos hasta Quito llegaríamos muy de noche y no era plan. De Tulcán solo recuerdo que cenamos en un chino. A la mañana siguiente continuamos hasta Quito, traspasando la línea del Ecuador, y entre unos paisajes andinos preciosos, se noto el cambio geográfico y humano, entrabamos en el antiguo mundo inca, y lo indígena nuevamente aparecía en nuestro viaje, un gustazo. Los valles andinos ecuatorianos son muy bellos, son suaves, de tonos pardos y coronados por impresionantes volcanes nevados. Así que llegamos a Quito con la nariz pegada al cristal del autobús.

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Quito es la ciudad con mayor riqueza monumental que he encontrado hasta ahora en mi viaje americano, tiene una zona histórica enorme y repleta de bellos edificios, iglesias y plazas. Es una ciudad que te ofrece mucho. Nuestra llegada coincidió con la víspera de la fiesta nacional ecuatoriana, el 10 de agosto, día de la independencia, este año se cumplen 200 años de aquello. De hecho América entera esta celebrando o preparándose para celebrar el bicentenario de la independencia de España. Nosotros, como os decía, llegamos la víspera, la que llaman aquí “velada libertaria”, es una noche especial en la que Quito se llena de actividades culturales y fiesta, asi que aprovechamos y nos unimos a la celebración, fuimos al teatro y al cine, todo ello gratis, y no seguimos hasta más tarde porque estábamos cansadillos, muy buen ambiente.

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Foto-Roberta

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Estas niñas se dedican a limpiar zapatos por las calles de Quito, pero ahora estan descansando mientras se comen un helado. Una estampa lamentablemente muy habitual en América Latina.

A parte del paseo y del vagabundeo por la ciudad un día nos animamos a subir al famoso teleférico de Quito. Sube hasta una cumbre cercana, y la vista desde allá arriba era espectacular, se veía la enormidad de Quito alargándose por el valle y trepando por los cerros cercanos, y más atrás las montañas andinas, y los volcanes nevados: el Cayambe, el Antisana y el espectacular Cotopaxi, todos ellos por encima de los 5700m de altura. Hacia mucho frio allá arriba, asi que bajamos raudos y veloces y nos fuimos a tomar un canelazo calentito a la bonita zona de La Ronda, esta bebida nos tiene enganchados desde Bogotá, es un brebaje caliente compuesto por aguardiente, canela y más especies que te deja el cuerpo arreglado en segundos.

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Abajo Quito, al fondo el Cotopaxi

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El Cotopaxi.

El otro día, paseando las calles del Quito antiguo me adentre en la tienda de una curandera, estaba llena de plantas medicinales y mil cachivaches, ella, la curandera, me miraba sonriente mientras hacia equilibrios recostada entre dos sillas, era vieja y tenia la dentadura bastante incompleta, -siéntese- me dijo, -no gracias, prefiero estar de pie- le respondí, -¿¡no esta cansado!?- me respondió entre carcajadas dejándome ver mejor su boca mellada, yo flipaba, no entendia, y al momento mi atención se centro en la pequeña televisión que ella estaba viendo, -es la toma de posesión del Presidente Correa- comento. A pocos metros de donde estábamos se estaba celebrando la cumbre de Unasur, reunía a casi todos los presidentes sudamericanos, una cumbre donde el asunto protagonista era la instalación de las bases de EEUU en Colombia, toda una amenaza para la región, a Obama se le empieza a ver el plumero. Recuerdo que el político que hablaba en ese momento empezó a citar un texto de  Galeano en donde hablaba del concepto de utopía y de como esta nos ayuda a caminar. Yo seguía de pie en la tienda y miraba absorto. De repente la vieja mellada me dijo – ¿es usted caminante del mundo?-, yo me quede mirándola y flipando, la sonreí y la respondí – algo así-, – y esta cansado, ¿verdad?- me dijo, -si, algo- volví a responder mientras seguía sonriéndola. En ese momento comenzó a meterme una perolata de que si la vida es tal y cual y pascual, y dejo de interesarme, la corte como pude y salí de la tienda. Ha sido uno de esos encuentros mágicos del viaje, del camino. Y sí, como os decía en entradas anteriores, ya ando cansadillo de dar tantos tumbos por esos mundos de diox, aunque también tengo muchas ganas de disfrutar de lo que me queda de viaje. Contradictorio pero muy lógico. Y como os conté en entradas anteriores el viaje ya no es sine die, y ahora lo es aun menos, ya he comprado el billete de vuelta a Madrid, el 24 de octubre saldré de Buenos Aires rumbo a casa. Llego un domingo, ya le he dicho a mi madre que me haga cocido. El futuro inmediato se ha concretado, la siguiente flecha amarilla esta a la vista. Debido a una serie de factores, y al hecho de que con los estragos de la gripe en Argentina los vuelos están muy baratos, y después de mucho meditar, me he lanzado a comprar el billete de vuelta, y poner fecha final a este Mi Gran Viaje. Ya me esta dando pena.

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Foto-Roberta

Y siguiendo con el viaje, ayer estuvimos en “la mitad del mundo”. Para llegar a “la mitad del mundo” hay que coger los autobuses Transhemisféricos, no es coña, se cogen en el norte de Quito y hay que llegar hasta el final de la línea. Durante este viaje fantástico el ayudante del conductor se asoma de vez en cuando y grita -¡¡a la mitad del mundo!!-, mola. El pasaje del autobús a “la mitad del mundo” no tiene nada de extraordinario, la mayoría son habitantes de Quito metidos en sus quehaceres cotidianos, de hecho ellos no van a “la mitad del mundo”, se quedan por el camino. Nosotros si que llegamos. Llegamos y fuimos rápidamente a hacernos fotos haciendo el tonto sobre la línea del Ecuador, que esta pintada en el monumento de “la mitad del mundo” que es como se llama acá a la línea del Ecuador.  Y resulta que “la mitad del mundo” esta rodeada de montes pelados y tiene una plaza de toros, y dos campos de futbol, ¿quien se lo iba a imaginar?, aunque bien pensado ¿por que no?, al fin y al cabo la mitad del mundo es un lugar cualquiera. Aunque a lo mejor no tan cualquiera, por lo visto la tribu de los Quitus, pre-incas, determinaron también aquí “la mitad del mundo”, mucho antes que la expedición francesa que en 1736 pinto la línea imaginaria del Ecuador en estos lares, los Quitus rendían culto al Inty-Ñam o Camino del Sol. Nosotros después de aburrirnos de hacer el tonto en la línea del Ecuador nos compramos unos helados y nos volvimos a Quito, en los Transhemisféricos, por supuesto.

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El caminante del mundo en la mitad del mundo. Foto-Roberta

Y hoy es nuestro último día en Quito. Roberta esta deambulando sola por la ciudad y dibujando iglesias, y yo me estoy dedicando a darle caña a la palabra y a las teclas. Mañana volveremos a coger rumbo sur por la carretera Panamericana, la cual no debéis imaginar como una flamante autopista sino como una mala carretera secundaria española, en el mejor de los casos. Hasta pronto.

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Foto-Roberta

(Para una información más detallada sobre transportes, alojamientos, fronteras, gastos y demás consultar la entrada Datos Prácticos del Viaje IV, julio 09)

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2 comentarios to “El caminante del mundo en la mitad del mundo”

  1. Antonio Says:

    Hola caminante del mundo en mitad del mundo. Sigo alucinando con tu viaje, me gusta cómo lo cuentas, tiene un tono literario y aventurero que me atrae mucho, primo.
    El otro día estuve con alguien muy especial en El Candela, en Lavapiés pero resulta que estaba cerrado, al final de la calle Olmo está ese lugar tan flipante pero era entre semana y estaba cerrado, en fin es una pena. Estuve en Madrid un poco de paso un poco de extranjis por ello no visité a tu madre ni a los primos varios.
    ¡Caminante del mundo!, me alegro de que les preparas ese cóctel tan explosivo:El Kalimotxo, incluso a Bogart le hubiera gustado(salvando las distancias)
    Tengo ganas de verte y que me cuentes en primera persona y cara a cara tu gran viaje.
    Ciao, feliz restante viaje. Un saludo a tu gente(Roberta etc…)

    Antonio.

  2. jss8 Says:

    Hola Antonio! que raro que El Candela estuviera cerrado entre semana, te lo digo por experiencia, quizas es que fuiste muy temprano, hay que ir a horas mas canallas. Ya veo que recordando los tiempos lavapienses, y en compañia. Si Bogart tomara Kalimotxo seguro que seria cargadito de vino peleon y en vaso de tubo, y le pondria mala cara al camarero si le propone echarle un poco de licor de mora… Un abrazo primo!

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